Desde la llegada de Kil´Jaeden y la subsiguiente caída de Gul´Dan y sus temibles Orcos, la creciente prosperidad de Draenor y la amistad que se profesaban los supervivientes Draenei y los chamanísticos Orcos se vió truncada radicalmente.
La guerra contra la Legión Ardiente se endurecía y las masacres acometidas por los Orcos demonizados de Gul´Dan en los poblados y cuidades Draenei eran cada día más brutales.
Kalei y Klorei eran todavía unos niños cuando Kil´Jaeden descubrió el paradero de su raza en Draenor y trató de destruirles.
Pasaron unos pocos años y la lucha se tornó más cruda que nunca, hordas de despiadados Orcos carentes de voluntad y guiados únicamente por una incesante sed de sangre masacraban campamento a campamento, poblado a poblado y ciudad a ciudad, dejando por el camino un reguero de sangre azulada.
Aquella era una calurosa tarde en plena estación de la cosecha, después de una dura jornada de trabajo los jóvenes hermanos se dirigían al campamento donde vivían junto a su anciana madre. A pesar de venir de una familia de héroes bastante cercanos a Velen, los tiempos que corrían en Draenor obligaban a trabajar duro en el campo y las reconstrucciones a prácticamente todos los jóvenes Draenei.
Su padre, Jhorei Naaru´tar (Hijo de los Naaru en Draenico), había luchado valientemente junto a los vindicadores de la Mano de Argus, muriendo a manos de la Legión Ardiente durante el éxodo a Draenor, y había conseguido infundir en los pequeños un tremendo respeto hacia la luz y hacia sus amados Naaru. Su madre, Laaren Naaru´tar, por el contrario había sido una gran estudiosa de la magia arcana y lejos de disuadirles les había regalado un profundo conocimiento sobre la historia de su pueblo y sobre sus raices Eredar.
Caminaban conversando apaciblemente sobre los designios de la luz y sobre el poder de los elementos. Mientras que Kalei aseguraba que el camino para vencer a la Legión residía en el bendito regalo de los Naaru, Klorei parecía más interesado en la viejas tradiciones chamanísticas que profesaban los orcos de Draenor antes de la llegada de Kil´Jaeden.
- "No me podrás discutir amado hermano, que el regalo que nos hicieron los Naaru es una de las armas más poderosas contra la oscuridad que predican los demonios de la Legión."
Klorei dejó de caminar y miró hacia unas brasas en las que una familia de cazadores cocinaba unos enormes trozos de carne y meditabundo contestó a su hermano:
- "Viejo gruñón, nadie pone en duda el poder de la luz contra la Legión Ardiente, sólo digo que si pudieramos aprender el camino de los elementos como hacían nuestros antiguos amigos los Orcos antes de caer, podríamos hacer uso de este conocimiento chamanístico en contra de nuestros enemigos"
Kalei miró al cielo y respondió sin titubear:
- "Tú y tus amados elementos, creo que te has dejado llevar una vez más por las historias que nos contaba madre cuando éramos pequeños, de todos modos querido hermano, nadie en todo Draenor conserva estos concimientos de los que hablas..."
Klorei sonrió y resignado le comentó a su hermano y protector:
- "Pero he oido hablar de un Tábido que se ha propuesto aprender los designios de los elementos..."
El testarudo Kalei observó las mismas brasas que tenían absorto a Klorei, intentando encontrar aquello que llenaba de inspiración los ojos de su hermano.
- "Nada es más fuerte que la luz hermano, nunca lo olvides..."
Juntos prosiguieron su camino hacia el campamento cuando en el horizonte comenzó a sonar un estruendo sordo que poco a poco iba acercandose a ellos.
El cielo se tiñó de rojo y las montañas temblaban al ritmo de los tambores de guerra, los dos jóvenes Draenei corrieron hasta la extenuación hacia el campamento mas cuando llegaron los sanguinarios orcos habían comenzado la matanza. Nada pudo detener la masacre y aunque lucharon valerosamente y con toda su fiereza, eso no impidió que los orcos mataran hasta al último de los draenei del campamento.
Mientras la batalla acontecía y poco antes de morir a manos de aquellas bestias, Laaren Naaru´tar proyectó mágicamente un grito de ayuda que por pura entropía llegó hasta los oidos adecuados.
Y entonces pasó algo muy extraño.
El cuerpo casi sin vida de Kalei se desvaneció y el de Klorei fue cubierto por minúsculas partículas de agua que lo fueron sanando y lo hicieron invisible a los ojos de los orcos que buscaban moribundos Draenei entre los cadáveres.
Cuando Kalei se despertó, notó una extraña sensacion de placidez que recoría cada átomo de su cuerpo, y su alma rebosaba una paz que hasta entonces nunca antes había sentido.
Alzó su brazo y comenzó a examinar su mano como si fuera la pirmera vez que la veía, y entonces llegaron los recuerdos a su mente, recuerdos de la matanza sufrida tan apenas unos días.
- "Klorei..." susurró mientras sus ojos comenzaron a brillar.
Entonces se percató de una presencia que le observaba desde la distancia. En ese mismo instante reconoció a quien pudo identificar como su salvador, un explorador Naaru que recibó la señal de aviso lanzada por Laaren.
- "Tranquilo joven Draenei, tanto tu destino como el de tu hermano menor no terminaban en ese campamento."
Pasaron los días y el draenei y el naaru forjaron una férrea amistad, y cuando Kalei fue llevado de vuelta a la cuidad de Shattrath juró aprender los caminos de la luz.
Desde muy pequeño escuchaba con fascinación las historias que los cuentacuentos narraban sobre las hazañas de los humanos que se enfrentaron tanto a la Peste como a La Legión Ardiente. Absorto pasaba las horas leyendo sobre los legendarios Paladines de la Mano de Plata, sobre las gestas llevadas acabo bajo el liderato de Uther the Lightbringer, un personaje que por su convicción, su amor por la luz y su férreo sentido del honor le cautivó desde su más tierna infancia.
Así que tomó la decisión de embarcarse hacia el Exodar en el lejano planeta de Azeroth, para aprender los caminos del guerrero de la luz, siguiendo los pasos de su admirado Uther.
Pero esta es otra historia...
(para un futuro cercano preparo otro relato sobre lo que le pasó a su hermano Klorei, y otro más en el que explico como en una pelea en la Rosa Aurea de Vetormenta unos guardias de la ciudad le apodaron "Martillaco")





















